Andy: Aquella mañana de lunes, mi despertador me arrancó de un dulce sueño a las 06:00 en punto. Era un día especial, estábamos en busca de la escuela que sería mi hogar educativo durante los próximos años. Preferíamos una escuela pública, aunque mi madre había considerado una privada en un principio, varios factores hicieron cambiar su decisión.
Andy: Para empezar, el costo de la escuela privada era prohibitivo. Mil dólares al mes, una cifra que estaba fuera de nuestro alcance. Si hubiera sido mil dólares al año, quizás podríamos haberlo logrado con un poco de esfuerzo, pero eran mil dólares al mes, una barrera insalvable.
Andy: Después de apagar el irritante sonido de mi alarma, mi madre entró en mi habitación con una sonrisa en su rostro, irradiando cariño y apoyo.
"Mamá: Hola hijo, ¿dormiste bien?", me saludó.
Andy: Sí mamá, dormí muy bien.
Mamá: Qué bueno, hijo. Ahora ven aquí, tenemos que revisarte.
Andy: Seguramente se preguntan, ¿por qué necesitaba revisarme? La respuesta se desvelaría en breve. Cumplí con la petición de mi madre y me acerqué a ella. Con cuidado, me despojó del pijama y allí estaba yo, solo en pañal y lleno de pipí.
Mamá: Ay, hijo, ¿cuándo dejarás de hacer pipí en la cama? Ya estás creciendo y deberías haber dejado los pañales hace tiempo.
Andy: Lo sé, mamá, espero que esto pase pronto. Pero dime, ¿qué es peor? ¿Hacer pipí y mojar un pañal o hacerlo y empapar la cama y la ropa?
Mamá: Ahora que lo mencionas, supongo que el pañal es la mejor opción.
Andy: Sí, ¿verdad?
Mamá: Bueno, hemos hablado suficiente por hoy. Mejor ve al baño y lávate. Yo voy a buscar ropa limpia.
Andy: Siguiendo las instrucciones de mi madre, me dirigí al baño. Minutos después, ella regresó con ropa interior y un conjunto fresco de ropa. Solo necesitaba pañales por la noche, y dado el calor del verano, no tenía intenciones de marcharse.
Mamá: Bien, hijo, vamos a vestirte.
Andy: Después de decir eso, me vistió con ropa interior, unos pantalones cortos, una camiseta de manga corta y unas chanclas, sin calcetines.
Mamá: Listo, hijo. Ahora vamos a desayunar.
Andy: ¡Qué desayuno! Mi estómago gruñía como un león hambriento.
Mamá: Se nota, más vale que comas antes de que ese león se enfade y decida devorarnos a ambos.
Andy: Jajaja. Está bien, mamá. Una vez que terminé mi delicioso desayuno, mi madre me recordó:
Mamá: Bien, ve a recoger tus cosas, es hora de irnos.
Andy: Sí, mamá. Me dirigí a mi habitación y tomé mi bastón y mi celular. Al pasar junto a la cama de Rocki, mi fiel perro guía, que ya estaba despierto, me miró con curiosidad, moviendo la cola.
Andy: Lo siento, Rocki, pero no puedo llevarte esta vez. Más tarde saldremos a dar un paseo, lo prometo. Le acaricié la cabeza antes de regresar junto a mi madre y anunciar:
Andy: Estoy listo, mamá. Podemos irnos.
Mamá: Perfecto, hijo. Entonces, comencemos con nuestra misión.
Andy: Así concluye el segundo capítulo de mi historia. Nuestra búsqueda de la escuela perfecta para mí estaba a punto de comenzar, y las aventuras y desafíos que se presentarían en el camino prometían ser inolvidables. ¿Dónde nos llevaría esta nueva etapa de mi vida? La respuesta estaba a punto de revelarse.
Fin del Capítulo 2.